Cristóbal Colón

Cristóbal Colón

Diario del Primer Viaje (1492)

 

[Cristóbal Colón, Textos y documentos completos, Edición de Consuelo Varela; Nuevas cartas, Edición de Juan Gil, Madrid 1997]

 

Viernes, 12 de Otubre

[…] A las dos oras después de media noche pareció la tierra, de la cual estarían dos leguas. Amainaron todas las velas, y quedaron con el treo que es la vela grande, sin bonetas, y pusiéronse a la corda, temporizando hasta el día viernes que llegaron a una isleta de los lucayos[1], que se llamava en lengua de indios Guanahaní. Luego vieron gente desnuda, y el Almi­rante salió a tierra en la barca armada y Martín Alonso Pinzón y Viceinte Anes, su hermano, que era capitán de la Niña. Sacó el Al­mirante la vandera real y los capitanes con dos vanderas de la Cruz Verde, que llevava el Almirante en todos los navios por se­ña, con una F y una I, encima de cada letra su corona, una de un cabo de la + y otra de otro. Puestos en tierra vieron árboles muy verdes y aguas muchas y frutas de diversas maneras. El Almirante llamó a los dos capitanes y a los demás que saltaron en tierra, y a Rodrigo d’Escobedo escrivano de toda el armada, y a Rodrigo Sánches de Segovia, y dixo que le diesen por fe y testimonio có­mo él por ante todos tomava, como de hecho tomó, possessión[2] de la dicha isla por el Rey e por la Reina sus señores, haziendo las protestaciones que se requirían, como más largo se contiene en los testimonios que allí se hizieron por escripto. Luego se ayuntó allí mucha gente de la isla[3].Esto que se sigue son palabras formales del Almirante en su libro de su primera navegación y descubri­miento d’estas Indias[4]. «Yo», dize él, «porque nos tuviesen mucha amistad, porque cognoscí que era gente que mejor se libraría y convertiría a nuestra sancta fe con amor que no por fuerza, les di a algunos d’ellos unos bonetes colorados y unas cuentas de vidro que se ponían al pescuezo, y otras cosas muchas de poco valor, con que ovieron mucho plazer y queda­ron tanto nuestros que era maravilla. Los cuales después venían a las barcas de los navios adonde nos estávamos, nadando, y nos traían papagayos y hilo de algodón en ovillos y azagayas y otras cosas muchas, y nos las trocavan por otras cosas que nos les dávamos, como cuentezillas de vidro y cascaveles. En fin, todo tomavan y daban de aquello que tenían de buena voluntad, mas me pareció que era gente muy pobre de todo. Ellos andan todos desnudos como su madre los parió, y también las mugeres, aun­que no vide más de una farto moza, y todos los que yo vi eran todos mancebos, que ninguno vide de edad de más de XXX años, muy bien hechos, de muy fermosos cuerpos y muy buenas caras, los cabellos gruessos cuasi como sedas de cola de cavallos e cor­tos. Los cabellos traen por encima de las cejas, salvo unos pocos detrás que traen largos, que jamás cortan. D’ellos se pintan de prieto, y (d’)ellos son de la color de los canarios[5], ni negros ni blancos, y d’ellos se pintan de blanco y d’ellos de colorado y d’ellos de lo que fallan; y d’ellos se pintan las caras, y d’ellos todo el cuerpo, y d’ellos solos los ojos, y d’ellos solo el nariz. Ellos no traen armas ni las cognoscen, porque les amostré espadas y las tomavan por el filo y se cortavan con ignorancia. No tienen algún fierro; sus azagayas son unas varas sin fierro y algunas da­llas tienen al cabo un diente de pece, y otras de otras cosas. Ellos todos a una mano son de buena estatura de grandeza y buenos gestos, bien hechos. Yo vide algunos que tenían señales de feridas en sus cuerpos, y les hize señas qué era aquello, y ellos me amostraron cómo allí venían gente de otras islas[6] que estavan acerca y les querían tomar y se defendían. Y yo creí e creo que aquí vienen de tierra firme a tomarlos por captivos. Ellos deven ser buenos servidores y de buen ingenio, que veo que muy pres­to dizen todo lo que les dezía. Y creo que ligeramente se harían cristianos, que me pareció que ninguna secta tenían. Yo plaziendo a Nuestro Señor levaré de aquí al tiempo de mi partida seis a Vuestras Altezas para que deprendan fablar. Ninguna bestia de ninguna manera vide, salvo papagayos en esta isla». Todas son palabras del Almirante.

 

Sábado, 13 de Otubre

[…[ Esta isla es bien grande y muy llana y de árboles muy verdes y muchas aguas y una laguna en medio muy grande, sin ninguna montaña, y toda ella verde, qu’es plazer de mirarla. Y esta gente farto mansa, y por la gana de aver de nuestras cosas, y temiendo que no se les a de dar sin que den algo y no lo tienen, toman lo que pueden y se echan luego a nadar; mas todo lo que tiene(n) lo dan por cualquiera cosa que les den, que fasta los pedazos de las escudillas y de las tacas de vidro rotas rescatavan, fasta que vi dar 16 ovillos de al­godón por tres ceotís de Portugal, que es una blanca de Castilla, y en ellos avría más de una arrova de algodón filado. Esto defen­diera y no dexara tomar a nadie salvo que yo lo mandara tomar todo para Vuestras Altezas, si oviera en cantidad. Aquí nace en esta isla, mas por el poco tiempo no pude dar así del todo fe. Y también aquí nace el oro que traen colgado a la nariz, mas, por no perder tiempo, quiero ir a ver si puedo topar a la isla de Cipango. Agora como fue noche todos se fueron a tierra con sus almadías.

 

Domingo, 14 de Otubre

[…] Es verdad que dentro d’esta cintha ay algunas baxas, mas la mar no se mueve más que dentro en un pozo. Y para ver todo esto me moví esta mañana, porque supiese dar de todo relación a Vuestras Altezas, y también adonde pudie­ra hazer fortaleza, y vide un pedazo de tierra que se haze como isla, aunque no lo es, en que avía seis casas, el cual se pudiera atajar en dos días por isla, aunque yo no veo ser necessario, porque esta gente es muy símplice en armas, como verán Vues­tras Altezas de siete que yo hize tomar para le llevar y deprender nuestra fabla y bolvellos, salvo que Vuestras Altezas cuando man­daren puédenlos todos llevar a Castilla o tenellos en la misma isla captivos, porque con cincuenta hombres los terná(n) todos sojuzgados, y les hará(n) hazer todo lo que quisiere(n). Y des­pués, junto con la dicha Isleta, están güertas de árboles, las más hermosas que yo vi, e tan verdes y con sus hojas como las de Castilla[s] en el mes de Abril y de Mayo, y mucha agua. Yo miré todo aquel puerto y después me bolví a la nao y di la vela, y vide tantas islas que yo no sabía determinarme a cuál iría primero. Y aquellos hombres que yo tenía toma[n]do me dezían por señas que eran tantas y tantas que no avía número y anombraron por su nombre más de ciento. Porende yo miré por la más grande, y (a) aquella determiné andar, y así hago, y ‚será lexos d’esta de Sant Salvador cinco leguas; y las otras d’ellas más, d’ellas menos. Todas son muy llanas, sin montañas y muy fértiles y todas pobla­das, y se hazen guerra la una a la otra, aunque estos son muy símplices y muy lindos cuerpos de hombres.

 

 

 

 

Miércoles, 16 de Otubre

[…] Y vide muchos árboles muy diformes de los nuestros, d’ellos muchos que tenían los ramos de muchas maneras y todo en un pie, y un ramito es de una manera y otro de otra; y tan disforme, que es la mayor maravilla del mundo cuánta es la diversidad de la una manera a la otra. Verbigracia: un ramo tenía las fojas de manera de cañas, y otro de manera de lantisco y así en un solo árbol de cinco o seis d’estas maneras, y todos tan diversos; ni estos son enxeridos porque se pueda dezir que el enxerto lo haze, antes son por los montes, ni cura d’ellos esta gente. No le cognozco secta ninguna y creo que muy presto se tornarían cristianos, por­que ellos son de muy buen entender. Aquí son los peces tan disformes de los nuestros, qu’es maravilla. Ay algunos hechos como gallos, de las más finas colores del mundo, azules, amari­llos, colorados y de todas colores, y otros pintados de mili ma­neras, y las colores son tan finas, que no ay hombre que no se maraville y no tome gran descanso a verlos; también ay vallenas. Bestias en tierra no vide ninguna de ninguna manera salvo papa­gayos y lagartos[7]. Un moco me dixo que vido una grande cule­bra[8]. Ovejas ni cabras ni otra ninguna bestia vide, aunque yo e estado aquí muy poco, que es medio día; mas si las oviese, no pudiera errar de ver alguna. El cerco d’esta isla escriviré después que yo la oviere inrrodeada.

 

Miércoles, 17 de Otubre

[…] Y porque era lexuelos me detuve por espacio de dos oras; en este tiempo anduve así por aquellos árboles, que eran la cosa más fermosa de ver que otra que se aya visto, veyendo tanta verdura en tanto grado como en el mes de Mayo en el Andaluzía, y los árbo­les todos están tan disformes de los nuestros como el día de la noche, y así las frutas y así las yervas y las piedras y todas las co­sas. Verdad es que algunos árboles eran de la naturaleza de otros que ay en Castilla; porende avía muy gran diferencia, y los otros árboles de otras maneras eran tantos que no ay persona que lo pueda dezir ni asemejar a otros de Castilla. La gente toda era una con los otros ya dichos, de las mismas condiciones, y así desnu­dos y de la misma estatura, y davan de lo que tenían por cual­quiera cosa que les diesen, y aquí vide que unos mozos de los navios les trocaron <a> azagayas unos pedazuelos de escudillas rotas y de vidro.

 

Domingo, 21 de Otubre

[…] Aquí es unas grandes lagunas, y sobre ellas y a la rueda es el arboledo en mara­villa, y aquí y en toda la isla son todos verdes y las yervas como en el Abril en el Andaluzía y el cantar de los paxaritos que parece qu’el hombre nunca se querría partir de aquí, y las manadas de los papagayos que ascurecen el sol, y aves y paxaritos de tantas maneras y tan diversas de las nuestras que es maravilla. Y des­pués ha árboles de mili maneras y todos <dan> de su manera fru­to, y todos güelen qu’es maravilla, que yo estoy el más penado del mundo de no los cognoscer, porque soy bien cierto que to­dos son cosa de valía y d’ellos traigo la demuestra, y asimismo de las yervas.

[…]Yo quería hinchar aquí toda la vasija de los navios de agua; porende, si el tiempo me da lugar, luego me partiré a rodear esta isla fasta que yo aya lengua con este rey y ver si puedo aver del oro que oyó que trae, y después partir para otra isla grande mucho, que creo que deve ser Cipango, según las señas que me dan estos indios que yo traigo, a la cual ellos llaman Colba[9], en la cual dizen que a naos y mareantes muchos y muy grandes, y d’esta isla (a) otra que llaman Bofío, que también dizen qu’es muy grande. Y a las otras que son entremedio veré así de passada, y según yo fallare recaudo de oro o especería, determinaré lo que e de fazer. Más todavía, tengo determinado de ir a la tierra firme y a la ciudad de Quisay[10] y dar las cartas de Vuestras Altezas al Gran Can y pedir respuesta y venir con ella.

Jueves, 1 de Noviembre

[…] «Esta gente», dize el Almirante, «es de la misma calidad y costumbre de los otros hallados, sin ninguna secta que yo cognozca, que fasta oy <a> aquestos que traigo no e visto hazer nin­guna oración, antes dizen la Salve y el A ve María con las manos al cielo como le amuestran, y hazen la señal de la Cruz. Toda la lengua también es una y todos amigos, y creo que sean todas estas islas, y que tengan guerra con el Gran Chan, a que ellos llaman Cavila y a la provincia Bafan. Y así andan también desnu­dos como los otros». Esto dize el Almirante. El río dize qu’es muy hondo, y en la boca pueden llegar los navío(s) con el bordo hasta tierra; no llega el agua dulce a la boca con una legua, y es muy dulce. «Y es cierto», dize el Almirante, «qu’esta es la tierra firme, y qu’estoy», dize él, «ante Zaitó y Quinsay, cien leguas poco más o poco menos lexos de lo uno y de lo otro, y bien se amuestra por la mar, que viene de otra suerte que fasta aquí no a venido; y ayer que iva al Norueste fallé que hazía frío»[11].

Viernes, 23 de Noviembre

Navegó el Almirante todo el día hazia la tierra al Sur, siempre con poco viento, y la corriente nunca le dexó llegar a ella, antes estava oy tan lexos d’ella al poner del sol como en la mañana. El viento era Lesnordeste y razonable para ir al Sur, sino que era poco. Y sobre este cabo encavalga otra tierra o cabo que va tam­bién al Leste, a quien aquellos indios que llevava llamavan Bohío, la cual dezían que era muy grande y que avía en ella gente que tenía un ojo en la frente, y otros que se llamavan caníbales, a quien mostravan tener gran miedo; y desque vieron que lleva es­te camino, diz que no podían hablar, porque los comían y que son gente muy armada. El Almirante dize que bien cree que avía algo d’ello, mas que, pues eran armados, serían gente de razón, y creía que avrían captivado algunos y que, porque no bolvían a sus tierras, dirían que los comían. Lo mismo creían de los cris­tianos y del Almirante, al principio que algunos los vieron.

 

Lunes, 26 de Noviembre

[…] Toda la gente que hasta oy a hallado diz que tiene grandíssimo temor de los de Caniba o Canima, y dizen que biven en esta isla de Bohío, la cual debe ser muy grande, según le parece, y cree que van a tomar a aquellos a sus tieras y casas, co­mo sean muy cobardes y no saber de armas; y a esta causa le pa­rece que aquellos indios que traía no suelen poblarse a la costa de la mar, por ser vezinos a esta tierra, los cuales diz que después que le vieron tomar la buelta d’esta tierra no podían hablar, te­miendo que los avían de comer, y no les podía quitar el temor, y dezían que no tenían sino un ojo y la cara de perro; y creía[12] el Almirante que mentían, y sentía el Almirante que devían de ser del señorío del Gran Can que los captibavan.

 

Lunes, 3 de Diziembre

[…] Subió una montaña arriba y después hallóla toda llana y sembrada de muchas cosas de la tierra y calabazas, que era gloria vella; y en medio d’ella estava una gran población; dio de súbito sobre la gente del pueblo. Y como los vieron, hombres y mugeres dan de huir; asegurólos el indio que llevaba consigo de los que traía, diziendo que no oviesen miedo, que gente buena era; hízolos dar el Almirante cascaveles y sortijas de latón y contezuelas de vidro verdes y amarillas, con que fueron muy contentos. Visto que no tenían oro ni otra cosa preciosa y que bastava dexallos seguros, y que toda la comarca era poblada y huidos los demás de miedo (y certifica el Almirante a los Reyes que diez hombres hagan huir-a diez mili, tan cobardes y medrosos son, que ni traen armas, salvo unas varas y en el cabo d’ellas un palillo agudo tostado), acordó bolverse.

Viernes, 21 de Diziembre

[…] «Esta gente no tiene varas ni azagayas ni otras ningunas armas, ni los otros de toda esta isla, y tengo que es grandíssima. Son así desnudos como su madre los parió así mugeres como hombres, que en las otras tierras de la Juana y las otras de las otras islas traían las mugeres delante de sí unas cosas de algodón con que cobijan su natura, tanto como una bragueta de calzas de hombre, en especial después que passan de edad de doze años; mas aquí ni moca ni vieja; y en los otros lugares todos los hombres hazían esconder sus mugeres de los cristianos por zelos, mas allí no, y ay muy lindos cuerpos de mugeres, y ellas las primeras que venían a dar gracias al cielo y traer cuanto tenían, en especial cosas de comer, pan de ajes y gonza avellanada[13] y de cinco o seis maneras frutas», de las cua­les mandó curar el Almirante para traer a los Reyes. No menos diz que hazían las mugeres en las otras partes antes que se ascondiesen; y el Almirante mandava en todas panes estar todos los suyos sobre aviso que no enojasen a alguno en cosa ninguna y que nada les tomassen contra su voluntad, y así les pagavan todo lo que d’ellos rescibían. Finalmente dize el Almirante que no puede creer que hombre aya visto gente de tan buenos corazones y francos para dar y tan temerosos, que ellos deshazían todos por dar a los cristianos cuanto tenían y, en llegando los cristianos, luego corrían a traerlo todo.

Miércoles, 9 de Enero

[…] El día passado, cuan­do el Almirante iva al río del Oro, dixo que vido tres serenas[14] que salieron bien alto de la mar, pero no eran tan hermosas co­mo las pintan, que en alguna manera tenían forma de  hombre en la cara; dixo que otras vezes vido algunas en Guinea en la Costa Manegueta.

 

 

MEMORIAL que para los Reyes Católicos dio el Almirante Don Cristobal Colón en la ciudad de Isabela, a 30 de Enero de 1494 a Antonio Torres, sobre el suceso de su segundo viaje a las Indias, y al final de cada capítulo, la respuesta de sus Altezas.

 

Certificando a Sus Altesas que la venida e vista de esta flota acá en esta tierra, así junta e fermosa, ha dado muy grande abtoridad a esto e muy grande seguridad para las cosas venideras, pa­ra que toda esta gente d’esta tan grande isla e de las otras, viendo el buen tratamiento que a los buenos se fará e el castigo que a los malos se dará, verná a obediencia prestamente para poderlos mandar como vasallos de Sus Altesas, como quier que ellos ago­ra, donde quier que ombre se falle, non solo fasen de grado lo que ombres quier que fagan, más ellos de su voluntad se ponen a todo lo que entienden que nos puede plazer; e también pueden ser ciertos Sus Altesas que non menos allá entre los cristianos príncipes aver dado gran reputación la venida d’esta armada por muchos respetos, así presentes como venideros, los cuales Sus Altesas podrán mejor pensar e entender que non sabría desir.

Item diréis a Sus Altesas qu’el provecho de las almas de los dicho caníbales, e aun d’estos de acá, ha traído en pensamiento que cuantos más allá se llevasen sería mejor, e en ello Sus Altesas podrían ser servidos d’esta manera: que visto cuánto son acá me­nester los ganados e bestias de trabajo para el sostenimiento de la gente que acá ha de estar, e bien de todas estas islas, Sus Altesas podrán dar licencia e permiso a un número de carabelas suficien­te que vengan acá cada año, e trayan de los dichos ganados e otros mantenimientos e cosas de poblar el campo e aprovechar la tierra, y esto en precios razonables a sus costas de los que les truxieren, las cuales cosas se les podrían pagar en esclavos d’estos caníbales, gente tan fiera e dispuesta e bien proporcionada e de muy bien entendimiento, los cuales quitados de aquella inhuma­nidad creemos que serán mejores que otros ningunos esclavos, la cual luego perderán que sean fuera de su tierra; y de estos podrán aver muchos con las fustas de remos que acá se entien­den de fazer, fecho empero presupuesto que en cada una de las cara velas que viniesen de Sus Altesas pusiesen una persona fiable, la cual defendiese las dichas caravelas que non descendiesen a ninguna parte ni isla salvo aquí, donde ha de estar la carga e des­carga de toda la mercaduría e aun d’estos esclavos que se lleva­ren; Sus Altesas podrían aver sus derechos allá; y d’esto traeréis o enbiaréis respuesta, porque acá se fagan los aparejos que son me­nester con más confianza, si a Sus Altesas pareciere bien.

En esto se ha suspendido por agora hasta que venga otro camino de allá y escriva el Almirante lo que en esto le paresciere.[pp. 259-261]

 

 

Relación del Tercer Viaje

 

I.

[…] A esta punta llamé del Arenal, y allí se halló toda la tierra hollada de unas alimañas que tenían la pata como de cabra; y bien que, según parescía, aya allí muchas, no se vido sino una muerta. El día siguiente vino de hazia el oriente una gran canoa con veinte y cuatro hombres, todos mancebos y muy ataviados de armas, arcos y frechas y tablachinas, y ellos, como dixe, todos mancebos de muy linda dispusición y no negros, salvo más blancos que otros que aya visto en las Yndias, y de muy lindo gesto y fermosos cuerpos y los cavellos llanos y largos, cortados a la guisa de Castilla; traían la cabeza atada con un pañuelo de algodón texido a labores y colores, los cuales creía yo que heran almaizares, y otro d’estos pañuelos traían ceñido y se cubijavan con él en lugar de pañetes. Cuando llegó esta canoa habló de muy lexos, e yo ni otro ninguno no los entendimos, salvo que yo le mandé fazer señas que se allegasen; y en esto se pasó más de dos oras, y si se llegavan un poco, luego se desbiavan. Yo les fazía mostrar bazines y otras cosas que reluzían, por enamorarlos por­que biniesen, y a cabo de un rato se allegaron más que fasta entonzes no avían; e yo deseava mucho aver lengua, y no tenía ya cosa que me paresciese que hera de mostrarles para que vi­niesen, salvo hize subir un tamborino en el castillo de popa, que tañese, y unos mancebos que danzasen, creyendo que se allegarían a ver la fiesta. Y luego que vieron tañer y danzar, dexaron los remos y hecharon mano a los arcos y los encordaron y embracaron su tablachina y comenzaron a tirarnos flechas. Cesó luego el tañer y danzar, y mandé sacar unas ballestas; y ellos dexáronme y fueron a más andar a otra caravela, y de golpe se fueron debajo de la popa d’ella; y el piloto entró con ellos y dio un sayo y un bonete a un hombre principal que le pareció d’ellos, y quedó concertado que le iría a hablar en la playa, adonde ellos luego fueron con la canoa, esperándole; y él, como no quiso ir sin mi licencia, y como ellos le vieron venir a la nao con la barca, tornaron a entrar en la canoa y se fueron, y nunca más los vide ni a otros d’esta isla.

Cuando yo llegué a esta punta del Arenal, allí se haze una boca grande de dos leguas de poniente a levante la isla de la Trinidad con la tierra de Gracia, y que, para aver de entrar dentro para pasar al setentrión, avía unos fileros de corriente que atravesavan aquella boca y traían un rugir muy grande, que creí yo que sería un arrazife de bajos y peñas, por el cual no se podía entrar dentro en ella. Y detrás d’este hilero avía otro y otro, que todos traían un rugir grande como ola de la mar que va a romper y dar em peñas[15]. Zurgí allá a la dicha punta del Arenal fuera de la dicha boca, y hallé que venía el agua del oriente hazia el po­niente con tanta furia como haze Guadalquivir en tiempo de ave­nida, y esto de contino, noche y día, que creí que no podría bolver atrás, por la corriente, ni ir adelante, por los baxos. Y en la noche, ya muy tarde, estando al bordo de la nao, oí un rogir muy terrible que venía de la parte del austro hazia la nao, y me paré a mirar y vi lebantando la mar de poniente a lebante en manera de una loma tan alta como una nao, y todavía venía un filero de corriente, que venía rugendo con muy grande estrépito, con aquella furia de aquel rugir que de los otros fileros, que yo dixe que parescía hondas de mar que davan en peñas, que oy día traigo el miedo en el cuerpo que no me trabucase la nao cuando llegase debajo d’ella. Y pasó y llegó fasta la boca, adonde allí se detubo grande espacio. El otro día siguiente enbié las barcas a sondar, y hallé en el más baxo de la boca que avía seis y siete brazas de fondo, y de contino andavan aquellos fileros unos por entrar e otros por salir. Y plugo a Nuestro Señor de me dar buen tiempo y viento, y atrabesé por esta boca adentro; y luego fallé tranquilidad, y por acertamiento se sacó del agua de la mar, y se halló dulce[16]. Nabegué al setentrión fasta una sierra muy grande, adonde serían veinte y seis leguas d’esta punta del Arenal, y allí avía dos cavos de tierra muy alta: el uno de la parte del oriente hera de la misma isla de la Trinidad, el otro del ocidente de la tierra que dixe de Gracia; y allí fazía una boca muy angosta, más que aquella de la punta del Arenal, y allí avía los mesmos hileros y aquel rugir fuerte del agua como hera <a> la punta del Arenal; asimismo allí la mar hera agua dulce. Y hasta entonces yo no avía ávido lengua con ninguna gente de estas tierras, y lo deseava en gran manera; y por esto navegué al luengo de la costa d’esta tierra hazia el poniente, y cuanto más andava, hallava el agua de la mar más dulce y más sabrosa.  [pp. 371-372]

 

II.

[…] Yo siempre leí qu’el mundo, tierra y agua hera espérico, y que las autoridades y esperiencias que Ptolomeo y todos los otros escrivieron d’este sitio davan y amostravan por ello, así por ecrises de la luna y otras demostraciones que azían de oriente hasta ocidente como de la elevación del polo de setentrion en austro. Agora vi tanta disformidad como ya dixe; y por esto me puse a tentar esto del mundo, y hallé que no hera redondo en la forma que escriven, salvo qu’es de la forma de una pera que sea toda muy redonda, salvo allí donde tiene el pezón, que allí tiene más alto, o como quien tiene una pelota muy redonda y en un lugar d’ella fuese como una teta de muger allí puesta, y qu’esta parte d’este pezón sea la más alta e más propinca al cielo, y qu’ésta sea debajo de la línea equinocial y en esta mar Océana en fin de oriente (llamo yo fin de oriente adonde acava toda la tierra e islas). Y para ello alego todas las razones sobreescriptas de la raya que passa al occidente de las islas de los Azores cien leguas de setentrión en austro, e que, en pasando de allí al poniente, ya van los navios alzándose hazia el cielo suavemente, y estonces se goza de más suave temperancia y se muda el aguja del marear por causa de la suavidad d’esta cuarta de viento; y cuanto más va adelante y alzándose más, más noruestea. Y esta altura causa el desvariar del círculo que escriven la estrella de el norte con las Guardas. Y cuanto más pasare junto con la liña iquinocial, más se subirá en alto y más diferencia abrá en las dichas estrellas y en los círculos d’ellas. Y Ptolomeo y los otros savios que escrivieron d’este mundo creyeron que hera espérico, creyendo que este emisperio fuese redondo como aquél de allá donde ellos estavan, el cual tiene el centro en la isla de Arin, qu’es debajo de la liña iquinocial, entre el Seno Arábico y aquél de Persia; y el círculo pasa sobre el cavo de San Beceinte en Portogal por el poniente y pasa en oriente por Catígara y por los Seras, en el cual emisperio no hago yo que aya mucha dificultad salvo que sea espérico redondo como ellos dizen. Mas estotro digo que sería como la mitad de una pera bien redonda, la cual tubiese el pezón alto como yo dixe, o como una teta de muger en una pelota redonda. Así que d’esta media parte no obo noticia Ptolomeo ni los otros que escrivieron del mundo, por ser muy ignoto: solamente hizieron raíz sobre el emisperio adonde ellos estavan, que es redondo espérico, como arriba dixe. [pp. 376-378]

 

 

 

 

III.

[…] Sant Esidro y Beda y Damasceno y Estrabo y el maestro de la Ystoria Escolástica y San Ambrosio y Escoto y todos los sacros teólogos todos conciertan qu’el Paraíso Terrenal es en fin de Oriente, el cual oriente llaman el fin de la tierra yendo al orien­te, en una montaña altísima que sale fuera d’este aire torbolento, adonde no llegaron las aguas del dilubio, que allí está Elias <e> Enoque[17], y de allí sale una fuente y cae el agua en el mar, y allí haze un gran lago del cual proceden los cuatro ríos sobre­dichos, que bien qu’este lago sea en oriente y las fuentes d ‚estos ríos sean divisas en este mundo, porende que proceden y vienen allí d’este lago por catara[n]tes debajo de tierra y espiran allí donde se been estas sus fuentes; la cual agua que sale del Paraíso Terrenal para este lago trabe un tronido y rogir muy grande, de manera que la gente que naze en aquella comarca son sordos.

Ya dixe lo que yo hallava d’este emisperio y de la fechura, y creo que, si yo pasara por debaxo de la liña iquinocial que, en llegando allí en esto más alto, que hallara muy mayor tempe­rancia y diversidad en las estrellas y en las aguas, no porque yo crea que allí, donde es el altura del estremo, sea nabegable ni agua en que se pueda sobir allá, porque allí creo que sea el Paraíso Terrenal, adonde no puede llegar nadie salvo por volun­tad divina; y creo qu’esta tierra que agora mandaron descubrir V. Al. sea grandísima e aya otras muchas en el austro, de que jamás se ovo noticia.

Yo tomo qu’el Paraíso Terrenal no sea en forma de montaña áspera, como el escrevir d’ello nos amuestra, salvo qu’él sea en el colmo, allí adonde dixe la figura del pezón de la pera, y que poco a poco andando fazia allí desde muy lejos se ba subiendo a él, e creo que nadie no podría llegar al colmo, como yo dixe, e creo que puede salir de allí esta agua, bien que sea lexos, y venga a parar allí adonde yo vengo, fazia este lago. Grandes in­dicios son éstos del Paraíso Terrenal; porqu’el sitio es conforme a la opinión d’estos santos y sacros teólogos; y ansimesmo las señales son muy conformes, que ajamas leí ni oí que tanta canti­dad de agua dulce fuese así dentro y vezina de la salada, y en ello ayuda asimismo la suavísima tenperancia. Y si de allí del Paraíso no sale, paresce aún muy mayor maravilla, porque no creo que sepan en el mundo de río tan grande y tan fondo, al cual no puede llegar <e> en algunos lugares sondé el piélago con ochenta brazas de cordel, e colgado d’él doze libras de plomo.

[380-381]

 

Relación del Cuarto Viaje (1503)

Jamaica, 7 de julio de 1503

 

I.

[…] Y llegado con cuatro leguas, rebivó la tormenta y me fatigó tanto, atanto que ya non savia de mi parte. Allí se me refrescó del mar la llaga. Nueve días andube perdido sin esperanza de vida. Ojos nunca vieron la mar tan alta, fea, fecha espuma. El vento no hera para ir adelante ni dava lugar para correr hazia algún cabo: allí me detenía en aquella mar fecha sangre, ferviendo como caldera por gran fuego. El cie­lo jamás fue visto tan espantoso: un día y una noche ardió como forno, y ansí hechava la llama con los rayos, que cada vez mirava yo si me avía lebado los mástiles y velas. Venían con tanta furia y espantables, que todos creíamos que me avían de enhondir los navios. En todo este tiempo jamás cessó agua del cielo, y non para dezir que llovía, salvo que resegundava otro dilubio. La gen­te estava ya tan molida que deseavan la muerte y salir de tantos martirios. Los navíos avían ya perdido dos bezes las barcas, anclas y coerdas, y estavan aviertos, sin velas. Cuando plugo a Nuestro Señor, bolví a Puerto Gordo, adonde reparé lo mejor que pude, y bolví otra vez hazia Beragua. [489-490]

II.

[…] En henero se avía cerrado la boca del río y hecho otras con poco fondo. En abril los navios estavan todos comidos de busanos[18] y no los podía sostener sobre agua. En este tiempo llovió y fizo el río un canal, por donde saqué tres d’ellos bazíos con gran pena. Las barcas bolvieron adentro por lastre y agua. La mar se paró alta y fea y nos las dexó salir fuera. Los indios heran muchos y juntos, y las conbatieron, y en fin los mataron. Mi her­mano y la otra gente toda estavan en un navio que quedó adentro, yo muy solo de fuera en tan brava costa, con fuerte fiebre; en tanta fatiga la esperanza de escapar hera muerta. Sobí ansí traba­jado en lo más alto, llamando a voz muy temerosa, llorando y muy apriesa, los maestros de la guerra de V. Al. a todos cuatro los vientos, por socorro, mas nunca me respondieron. Cansado me adormecí gemiendo. Una boz muy piadosa oí diziendo[19]: «O stulto y tardo a creer y a servir a tu Dios y Dios de todos, ¿qué hizo El más por Moysés o por David, su siervo? Desque nascistes, siempre El tubo de ti gran cargo. Cuando te vido en hedad de que El fue contento, maravillosamente hizo sonar tu nombre en la tierra. Las Yndias, que son parte del mundo tan ricas, te las dio por tuyas; tú las repartistes adonde quesiste, y te dio poder para ello. De los atamientos de la mar Occéana, qu’estavan cerrados con cadenas tan fuertes, te dio la llave; y fuestes ovedecido en tantas tierras, y de los christianos todos cobrastes tan honrada fama. ¿Qué hizo El más al tu pueblo de Ysrael, cuando lo sacó de Egipto, ni por David, que de pastor lo hizo rey en Judea? Tórnate a El y conoze ya tu hierro: su misericordia es infinita. Tu vejez no inpidirá a toda cosa grande. Muchas heredades tiene El grandísimas. Habraán pasava de ciento años cuando engendró a Ysac, ni Sarra hera moca. Tú llamas por socorro incierto. Respon­de: ¿Quién te a afligido tanto y tantas vezes: Dios o el mundo? Los previlegios, cartas y promesas que da Dios todos los cumple con abantaje, y después de aver recibido el servicio acrescienta las mercedes y les da el Paraíso. Esto es su uso. Dicho te tengo lo que tu Criador ha fecho por ti y haz con todos. Agora», me dixo, «amuestra el galardón de tus afanes y perigros que as pa­sado sirviendo a otros». Yo, ansí amortecido, oí todo, mas no tube yo respuesta a palabras tan ciertas salvo llorar por mis hie­rros. Acabó El de fablar, quienquiera que fuese, diziendo: «Con­fía y no temas: todas estas tribulaciones están escritas en piedra mármol y no sin causa».

Lebantéme cuando pude, y al cavo de nueve días hizo bonanza, más no para sacar navios del río. Recogí la gente qu’estava en tierra y todo el resto que pude, porque no abastava para que­dar y para navegar los navios. [pp.491-492]

 

III.

[…]Ginobeses y benecianos y toda gente que tenga perlas, pie­dras preciosas y otras cosas de valor, todos las llevan hasta en cabo del mundo para las trocar y convertir en oro. El oro es excelentísimo; del oro se haz thesoro, y con él, quien lo tiene, haz cuanto quiere en el mundo, sí Dios Nuestro Señor no le contradize, y llega a que hecha las ánimas al Paraíso.

Los señores de aquestas tierras de la comarca de Viragua, cuando mueren, entierran el oro que tienen con el cuerpo; ansí lo dizen.

A Salamón llevaron de un camino seiscientos sesenta y seis quintales de oro, alliende lo que llevaron los mercaderes y ma­rineros y aliende lo que se paguó de derechos en Aravia.

D’este oro hizo duzientas lanzas y trezientos escudos, y fizo el tablado que avía de estar derriba pellas de oro y adorno de piedras preciosas, y fizo otras muchas cosas de oro y busos para el templo muchos y muy grandes y ricos de piedras preciosas. Josepio en su Corónica De Antiquitatibus[20] lo escrive. En el Paralipomenon[21] y en el Libro de los Reyes[22] se cuenta d’esto.

Josepio quier que este oro se oviese en el Aurea. Si assí fuese, yo digo que aquellas minas del Aurea son unas y se contienen con éstas de Biragua, que, como ya dixe arriba, se alargan al poniente veinte jornadas y son en una distancia lejos del polo y de la línea[23].

Salamón compró todo aquel oro, piedras y plata. V. Al. le pue­den mandar a cojer si le aplaze.

David en su testamento dexó tres mill quintales de oro de las Yndias a Salamón para ayuda a hedificar el templo y, según Josepho, hera él d’estas mismas tierras.

Jherusalem y el monte Sión a de ser redificado por mano de christiano: quién a de ser, Dios por boca del Profecía en el dé­cimo y cuarto psalmo[24] lo dize. El abad Johachin[25] dixo qu’ésta avía de salir de España. Sant Gerónimo a la santa mujer amostró el camino para ello.

El emperador del Catayo a días que demandó savios que le enseñasen en la fee de Christo[26]. ¿Quién será que se ofrezca a esto? Si Nuestro Señor me lleva a España, (yo me obligo de llevar) allá con el nombre de Dios en salvo. [497-498]

 

[1] Quiza lucayos no sea otra cosa que lecuyos (lequios), los habitantes de unas islas que la tradición situaba al Oriente de Asia.

[2] Sobre esta ceremonia cf. F. Morales Padrón («Descubrimiento y toma de posesión., An. Est. Am., XXI [1955], pp. 321-80).

[3] Así glosa Las Casas este pasaje en I, 40: «los indios… estaban atónitos miran­do los cristianos espantados de sus barbas…, íbanse a los hombres barbados en es­pecial al Almirante…, y llegavan con las manos a las barbas maravillándose d’ellas, porque ellos ninguna tienen». Este texto ha dado origen a la teoría de que Colón tenía barba; nada en realidad se opone, dado que no tenemos ningún retrato auténtico del Almirante.

[4] Parece indicar que Las Casas hizo el traslado de este Diario cuando se en­contraba en Santo Domingo.

[5] Varias veces se compara el color de los indios con el de los canarios. Desde la Antigüedad se pensaba que el color de los habitantes se iba oscureciendo con­forme se avanzaba hacia el Sur. En un paralelo inferior a las islas Canarias pensaba Colón encontrarse con hombres negros. Hernando Colón (cap. XXIII), dice: «de color aceituno como los canarios o rústicos tostados con el sol».

[6] Primera mención a los caníbales.

[7] Debe referirse a caimanes.

[8] Es una iguana. Véase la nota marginal de Las Casas al domingo 21 de Oc­tubre: «iguana debió ser esta».

[9] Es Cuba. Se trata de un error del copista o del mismo Colón, que lo enten­dió así a los indios.

[10] Nombre que Marco Polo dio a la ciudad de Kin-See.

[11] Zaitón es un puerto chino muy alabado por Marco Polo. La imaginación y el deseo de estar ante Quinsay hace a Colón sentir frío; el Gran Can, que antes era llamado Cami, hoy se llama Cavila; el poblado Faba hoy es Bafan. Las Casas excla­ma al margen: «Esta algarabía no entiendo yo».

[12] La montaña llamada actualmente Yunque.

[13] Es el cacahuet, al que dice Las Casas que llamaban maní y que comían con pan cazabí.

[14] Sirenas, que como los marinos de la época confunde con las focas.

[15] Parece que sufrió la armada un macareo, frecuente en el Orinoco.

[16] En algunos mapas posteriores se llama precisamente al Orinoco «mar dul­ce», denominación que se baraja también para otros ríos, como el de las Amazo­nas (así en el bosquejo de B. Colón: «mar de aqua dolce»).

[17] Los dos patriarcas que sólo han de aparecer, según viejísimas tradiciones, en las postrimerías del mundo, para recibir martirio por orden del Anticristo.

[18] Fueron éstas las primeras naves consumidas por la broma, cuyos efectos devastadores constituyeron un verdadero problema para la Corona española.

[19] No es éste el único caso en que a Colón se le aparece Dios o un enviado de la divinidad. En las palabras que creyó escuchar, donde el almirante es com­parado de nuevo con Moisés y David, hay ecos evidentes de Séneca («los ata­mientos de la mar Occéana») y del evangelio («O estulto y tardo a creer a Dios» = Lucas 24, 25).

[20] Antigüedades judaicas, VIII 7; como Colón no disponía de esta última obra en su biblioteca, la cita en cuestión se halla escrita a mano en su cuadernillo de «autoridades», cuadernillo que fue cosido y encuadernado al final de su ejemplar de la Historia rerum de Pió II.

[21] IX, 13-17.

[22] X, 14-18.

[23] De nuevo obsesiona a Colón el oro de las minas de Salomón, que ahora sitúa en Tarsis, en Veragua (mientras que Ofir sigue siendo la Española); ni que decir tiene que ese oro da esperanzas a su manía obsesiva por la reconstrucción del Segundo Templo, que cada vez siente más cercana.

[24] 14, 7.

[25] No está documentada esta profecía.

[26] La famosa embajada del Gran Kan al Papa Eugenio IV pidiendo religiosos para evangelizar sus tierras, que Colón había leído en su ejemplar de Marco Polo.

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